sábado, 31 de marzo de 2012

Los casos de acoso escolar crecen y afectan a más chicas

Cuando las burlas en la escuela se convierten en hostigamiento, los apodos en sobrenombres estigmatizantes y las bromas terminan a las piñas es difícil considerarlo una “cosa de chicos”. En Estados Unidos el bullying –el acoso entre pares en la escuela– ya tiene la magnitud de una epidemia. Tanto, que acaban de lanzarse dos documentales: uno, que se estrenó ayer, pone la lupa en dos adolescentes víctimas de acoso escolar que terminaron suicidándose; en el otro hasta participó el presidente Barack Obama. En Argentina, esta forma de violencia escolar ha ido cambiando de traje y los pocos que estudian el tema reparan en lo mismo: antes las nenas separaban; ahora son cada vez más las que hostigan a otras, incluso a los golpes.
“En los últimos años, la violencia en las escuelas se ha ido generalizando. Lo que sorprende es ver cómo están creciendo los casos de violencia física entre chicas incluso de primaria, desde los 12 o 13 años”, señala el psiquiatra Héctor Eyzaguirre, vicepresidente del Observatorio Latinoamericano de la Violencia Escolar.
“A diferencia de lo que se cree –ejemplifica– ocurre en colegios privados, de clase media o media-alta, entre alumnas que no necesariamente provienen de hogares violentos. Acabo de atender a una chica cuyos padres tienen una posición económica muy buena a la que sus compañeras le escribían ‘gorda’ en las paredes, le arrancaban el pelo, le robaban el Ipod o le pegaban en el baño hasta dejarla llena de moretones. Los padres tuvieron que sacarla del colegio y hacerla rendir libre el último año”.
En Argentina no hay estadísticas oficiales. Pero un estudio internacional elaborado con datos de la UNESCO encendió la alarma. Nuestro país está al tope en el ranking de insultos y maltratos físicos de la región. El 37% de los alumnos respondió haber sido insultado o amenazado y el 24% haber sufrido golpes de otros alumnos.
“Vemos un aumento de la violencia física entre chicas pero es muy difícil de medir. A la falta de estadísticas oficiales se suma que muchos docentes nos contestan ‘no queremos dar una charla de bullying porque los padres van a pensar que en este colegio hay alumnos que hostigan”, cuenta Flavia Sinigagliesi, psiquiatra infantil y miembro del equipo “Bullying cero”. Por pura voluntad, este equipo, en conjunto con la Universidad de Flores, comenzó una primera investigación en 40 escuelas privadas y públicas de la Ciudad. Hasta ahora sólo lograron que los atendieran en nueve.
Si quieren estudiar el Bullying es porque así podrían prevenir sus consecuencias: ya hay trabajos internacionales que muestran una relación directa entre los hostigadores y la violencia familiar, y entre los hostigados y las adicciones a futuro. Hay otro, hecho entre más de 5.000 alumnos y publicado en el Journal of Academy Child and Adolescent Psychiatry que mostró que las chicas que sufren acoso escolar tienen más riesgo de suicidio que los varones.
Así, mientras en Argentina hay quienes siguen discutiendo si el bullying existe o no, quienes lo están estudiando comenzaron a desmenuzarlo. No paran de ver crecer el ciberbullying: acosan con mails anónimos o usurpando la identidad de otro o suben fotos comprometedoras a Facebook para humillar a uno frente a una red de supuestos amigos. “Y ya estamos diferenciando dos tipos de acoso escolar. Uno más duro, donde el acosador desea ver sufrir al compañero y por eso se burla de él, lo calumnia o lo injuria. Hemos visto casos de alumnos acosadores que tienen un perfil similar al de un psicópata”, describe Alejandro Castro Santander, Director del Observatorio Internacional de Violencia Escolar, con sede en Francia. “Y existe un hostigamiento más blando: la burla, los sobrenombres y los golpes están dentro de ese trato habitual que en realidad es maltrato. Y cuando les preguntamos responden ‘estamos jugando’ y hasta ‘somos amigos”.
Lo cierto es que la mayor presencia de hostigadoras y hostigadas ya viene causando revuelo en otros países. El año pasado, nueve adolescentes (varios eran mujeres) fueron enjuiciados en Massachusetts después del suicido de Phoebe Prince, una chica de 15 años a la que intimidaron durante meses por haber tenido un romance con un joven deseado por las otras. Recién después del “caso de las chicas malas” –así se lo conoce– se sancionó una ley anti bullying.

Indemnizarán a un alumno que perdió un testículo en una golpiza


Sus compañeros se habían burlado de él durante meses. Hasta que el 11 de mayo de 2005, tres alumnos lo abrazaron por la espalda y lo llevaron a la fuerza a la terraza del colegio. Cerraron la puerta con llave y lo atacaron a pelotazos, insultos y patadas en los testículos. Por la golpiza, al adolescente –que en ese entonces cursaba el 1° año del secundario de un colegio privado porteño– debieron extirparle el testículo izquierdo y operarle el derecho. Ahora el colegio, la aseguradora y los padres de los agresores deberán indemnizarlo con unos 500.000 pesos.
El fallo es de febrero de este año y se acaba de conocer. En el expediente quedó constancia de la declaración de los compañeros: dijeron que nadie vio la golpiza pero encontraron al joven encerrado, llorando y agarrándose los testículos. Y que pedía que “no le avisaran a nadie”.
Los agresores (que eran un año más grandes) no sólo negaron haberlo atacado sino que sostuvieron que lo llevaron a la terraza “para jugar al quemado”. A la vez, el colegio –el Instituto Inmaculada Concepción de Nuestra Señora de Lourdes, de Flores, perteneciente a la Asociación Franco Argentina–, negó su responsabilidad a pesar de que ese día habían sancionado a los alumnos por “haber participado en una agresión grave a un compañero”.
Los peritos consideraron que la extirpación del testículo le generó una incapacidad reproductiva parcial y permanente del 25%. Además, la indemnización incluyó el daño psíquico: el adolescente sufrió estrés post traumático “con predominio de inhibición, temerosidad y tendencia a la depresión de grado severo”. También consideraron que debían indemnizarlo por “daño estético”, en caso de que en el futuro quisiera colocarse una prótesis. Los demandados se habían quejado de este punto: consideraron que no había daño estético porque “no se le veían las cicatrices”.
El primer juez condenó a todos a indemnizarlo con 247.540 pesos. Ahora, la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil lo confirmó. Los intereses elevaron el monto casi al doble.
clarin.com